martes, 2 de junio de 2026
Hubo un tiempo en que medir el tiempo, era mirar a Venus
Hubo un tiempo en que medir el tiempo, era mirar a Venus
Hace casi cuatro mil años, en la Babilonia del rey Ammi-Saduqa —el cuarto gobernante después de Hammurabi—, una sociedad completa se dedicó a seguir a Venus en el cielo. Grabaron en una tablilla de arcilla veintiún años de observaciones de Venus: sus apariciones y desapariciones, es decir, el momento exacto en que el planeta se hacía visible en el horizonte antes del amanecer y el momento en que desaparecía de nuevo.
La tablilla, que hoy reposa en el British Museum, forma parte del Enuma Anu Enlil —"En los días de Anu y Enlil"—, un compendio mayor de presagios celestes (algún día me gustaría que hablemos de los presagios, pero lamentablemente no será en esta entrega). Esta tablilla es la evidencia más antigua que tenemos de que un pueblo reconoció los movimientos de un planeta como un patrón rítmico, periódico, seguible. Me gusta pensar que entendieron a su manera El Tiempo.
Muchos siglos después, al otro lado del mundo, La Civilización Maya hizo algo aún más preciso. Entre los siglos IX y XI, en ciudades como Chich'en Itza, desarrollaron un sistema matemático para rastrear a Venus que quedó registrado en lo que hoy conocemos como el Códice de Dresde. Columnas enteras describen el ciclo sinódico de Venus compuesto por 584 días y lo relacionan con la posición del planeta frente a las constelaciones mayores. Llevaron la cuenta de trece ciclos completos, es decir: 37,960 días, lo que se traduce en aproximadamente 104 años. Un Gran Ciclo de Venus. Y dentro de él, las cuatro fases del planeta, es decir: su nacimiento como estrella matutina, su ocultamiento detrás del Sol, su retorno como estrella vespertina y su desaparición final. Fueron momentos fechados con precisión, anotados como acontecimientos trascendentales para el mundo.
No dejo de preguntarme en qué momento Venus se extravió en nuestra conocepción cotidiana y rutinaria de la concepción del tiempo. Estamos cabalgando sin tregua sobre esa flecha que va en dirección hacia el frente, incansable y rompedora, en forma de un reloj que mide de manera tan distinta la vida.
Algo del tiempo de Venus tiene sentido para entender nuestras vidas, pero lo perdimos. Fue tan trascendental su ciclo, que esas civilizaciones que ya solo habitan en museos petrificados, lograron registrar ciclos y ciclos de esta "estrella" en arcilla, en piedra o en códices. Nos dejaron un profundo y riguroso registro de esa manera de medir el tiempo que estaba enlazada a una manera de vivirlo.

¿Qué significa, hoy, ciclar con un planeta?
Responder esa pregunta implica varias cosas. Primero, sacarnos de la cabeza que el tiempo es uno solo, y que los planetas son listados de adjetivos. Si lo pensamos mejor, los planetas y el tiempo tienen mucho qué ver: son cuerpos errantes que giran por ciclos y a su respectivo pulso, al rededor del sol, igual que la tierra. Pareciera un reloj más amplio, más profundo. Y si nuestros antecesores lo leyeron así durante milenios, quizás no es que ellos vieran demás, posiblemente es que hemos aprendido a ver de menos.
Un planeta enseña durante su propio ciclo. Saturno, en sus casi treinta años, atraviesa generaciones enteras. Marte, en menos de dos años, marca temporadas de lo que necesita fuego para moverse. La Luna, cada veintiocho días, se acerca más a lo que entendemos por cotidianidad.
Venus, en sus 584 días, enseña algo que ningún otro planeta enseña: cómo desear sin perderse, cómo descender sin desaparecer, cómo volver transformada. Por eso las civilizaciones antiguas le siguieron la pista a su ciclo con tanto cuidado. Lo que Venus enseña no se aprende en una temporada y mucho menos con listados de adjetivos o sustantivos: "Venus es amor, belleza, dinero." Esa Venus es la versión empobrecida de algo mucho más vasto.

Vivir desde los ciclos planetarios es construir, poco a poco, un calendario propio. El tiempo medido con ciclos planetarios ayuda a que entendamos que podemos medir el tiempo por lo que pase con nuestras experiencias, no por su cuantificación.
En la astrología antigua, a Saturno y a Júpiter se les llamó los señores del tiempo. Saturno era la última frontera visible del sistema solar, antes de que se descubrieran Urano, Neptuno y Plutón. Saturno es el guardián de lo conocido y el que pone el límite y Júpiter es el planeta que bendice y protege; mientras Saturno marca los bordes, Júpiter los expande En un ciclo de veinte años, los dos se encuentran en el cielo y marcan temporadas que nos permiten entender el ritmo de la vida y de los procesos sociales y personales, de una manera distinta.
Por su parte la Luna, Mercurio, Venus y Marte se mueven en escalas más íntimas. Los ciclos de la Luna se entienden a través del cuerpo, los de Mercurio por la palabra y el pensamiento, los de Venus por la forma en que nos conectamos o desconectamos con los otros y los de Marte por la fuerza y la valentía que tengamos para lograr lo que queremos y soñamos. Estos son los planetas que nos acompañan en el tiempo que transcurre en el día a día.
Un calendario personal se hace cruzando esos dos tiempos, entendiendo que lo grande que pasa en el mundo también pasa a través tuyo. Hay una conexión entre la era política que estás atravesando y tu rutina cotidiana de tomarte el primer café en la mañana. Lo personal y lo político también está marcado por las estrellas.
Hace milenios, una civilización entera decidió que Venus merecía veintiún años de observación grabados en arcilla. Otra civilización, en otra parte del mundo, siguió el rastro de Venus durante un gran ciclo de 104 años.
En las próximas semanas abrimos un espacio dedicado a su hermoso ciclo, conectado con el nuestro. Vamos a aprender, juntxs, a caminar con ese planeta que a veces llamamos Estrella Vespertina y otras veces, Estrella Matutina.
Ya casi nos vemos para conectar con el tiempo de Venus, ¡espero le abras un espacio en tu apretada agenda!
